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Del libro Aprendiendo de los mejores el día de hoy presentamos a Dale Carnegie, esperemos que lo disfrutes y lo apliques en tu vida diaria.

Dale Carnegie (1888-1955) fue un empresario estadounidense, además de escritor y conferenciante en temas de desarrollo personal. Su libro más influyente, una «biblia» de las relaciones personales, es Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, además de los interesantes Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar la vida y El camino rápido y fácil para hablar eficazmente.

  1. Tratar con la gente es, probablemente, el mayor problema que se afronta, especialmente si se es un hombre de negocios.

Sin embargo, el 85% del éxito reside ahí. Si la vida es algo, es un conjunto de relaciones: con proveedores, con clientes, con empleados, con socios, con los medios de comunicación. Todo se basa en la interacción con otras personas. Saber tratar con la gente es lo más complicado, pero también es lo que hace que uno avance o se quede estancado. Es lo que marca la diferencia entre un perfil técnico (que realiza un trabajo) y un perfil ejecutivo (que crea equipos y establece relaciones). Quien no sabe relacionarse tiene mucho más mermadas sus posibilidades de ascenso y de conseguir resultados. Y ello tiene que ver con tres aspectos: cómo llevarse bien con los demás, cómo gustarles y cómo persuadirles.

  1. La gente rara vez tiene éxito a menos que se divierta en lo que trabaja.

Para que otros amen lo que haces, tú tienes que hacer lo que amas. Si sigues este principio, tienes una oportunidad de lograr marcar una diferencia y generar un impacto en la sociedad. Está comprobado científicamente que la pasión aumenta la creatividad y la inteligencia, lo que facilita el encontrar alternativas y soluciones para seguir creciendo y avanzando. Cuando estás conectado con tu pasión, con tu esencia, ensanchas posibilidades y, por tanto, tienes una ventaja competitiva respecto a otros competidores que se limitan a hacer lo mínimo. Autorrealización siempre es sinónimo de máximo rendimiento.

  1. Demuestre respeto por las opiniones ajenas. Jamás diga a una persona que está equivocada. Un hombre convencido contra su voluntad sigue siendo de la misma opinión.

La crítica es inútil porque pone a la otra persona a la defensiva y hace que trate de justificarse.  La crítica es peligrosa porque lastima el orgullo de la otra persona, su sentido de importancia, y ello despierta resentimientos. Somos seres «emocionales» antes que «racionales», por eso lo primero que hay que ganarse de una persona es el corazón, y, sólo después, la cabeza. Por medio de la crítica (aunque sea acertada), casi nunca se generan cambios duraderos y consistentes.

Decirle a alguien que está equivocado es un desafío y se despierta su oposición. El médico Hans Selye apuntaba: «En la misma medida que anhelamos la aprobación, tememos la condena».

  1. El único medio de salir ganando en una discusión es evitándola. No se puede ganar una discusión: si se pierde, ya está perdida; si se gana, está perdida.

 Nunca conviertas un desacuerdo en una discusión. No busques el enfrentamiento. No se trata de ganar la batalla intelectual, sino la voluntad y el afecto de la otra persona. Dale Carnegie escribe: «Si el corazón de un hombre está lleno de discordia y malos sentimientos contra usted no puede atraerlo a su manera de pensar ni con toda la lógica del mundo». Y eso es lo que ocurre cuando alguien intenta quedar por encima de otra persona. Cuando se triunfa sobre el rival se daña su orgullo y su vanidad.

  1. Se pueden ganar más amigos en dos meses interesándote por los de más que en dos años intentando que los de más se interesen por nosotros.

Para ser interesante, interésate por los demás. Para cada persona, ella misma es la persona más importante. William Winter decía: «La expresión del yo es la necesidad dominante de la naturaleza humana».

Para ganarte la simpatía de otras personas, habla de lo que a ellos les gusta, quieren o necesitan. El mejor camino para conseguir la aceptación de una persona es hablarle de lo que él o ella más valoran. Haz preguntas sobre eso. Y hazlo desde la autenticidad, porque lo sientes. No finjas; casi siempre se nota.

  1. Llama la atención sobre los errores de los de más indirectamente. Y si tienes que corregir, haz lo después de un elogio.

Busca caminos alternativos para «decir sin decir». El resentimiento generado por una corrección realizada de forma desconsiderada puede durar mucho tiempo, aun cuando haya sido generada con el ánimo de modificar una situación que así lo requería. Ante todo, permite que el otro salve siempre su prestigio. Nunca caigas en la tentación de quedar por encima de otra persona. No hieras su orgullo. No la ataques. A nadie le agrada que le den órdenes; mejor haz sugerencias. Y si hay que ser más directo, primero alaba lo bueno de la otra parte (que lo tiene) y luego entra al tema: ¿por qué el barbero enjabona la cara antes de pasar la cuchilla? E intenta siempre que los errores parezcan fáciles de corregir. No los agrandes para hacerte el importante.

  1. Si se equivoca usted, admítalo rápida y contundentemente.

La prontitud a la hora admitir las equivocaciones desactiva las ansias de pelea. Una vez admitido el error, el tema queda zanjado. Expresiones del tipo «lo siento», «me equivoqué» o «perdona» tienen un gran efecto tranquilizador en la persona a la que nos dirigimos. Sin embargo, con frecuencia cometemos dos imprudencias: la primera, negar el error; la segunda, tratar de justificarlo. Y ambas actitudes provocan enfrentamiento y activan las ganas de «ajustar cuentas» y «poner las cosas en su sitio» por parte de la otra persona.

  1. Elogie el más pequeño progreso y cada progreso. Sea caluroso en su aprobación y generoso en sus elogios.

Haz que la otra persona se sienta importante, y hazlo sinceramente. Respeta y abala sus cualidades; y si es por algo concreto, mucho mejor. Eso la hará sentirse bien y la hará ganar puntos respecto a otras personas al aumentar su propia percepción de su credibilidad y reputación. La comida es alimento para el cuerpo; el elogio es alimento para el espíritu.

Pero, ante todo, que el elogio sea auténtico. La diferencia entre el aprecio y la adulación es que el primero es sincero y la segunda no lo es; el aprecio procede del corazón, y la adulación de la boca. La adulación es un elogio barato. El reconocimiento es tan fácil de llevar a cabo que no hay excusa para no hacerlo. Con frecuencia se evita porque se tiene la sensación de que hacerlo supone situar al otro por encima de nosotros, lo cual nos podría dar la impresión de que estamos situándonos en una posición de inferioridad.

  1. Si hay un secreto del éxito en las relaciones personales, reside en la capacidad para apreciar el punto de vista del otro y ver las cosas desde ese punto de vista.

Siempre hay que intentar ponerse en el lugar del otro: em-pa-tí-a. En lugar de hablar mal de la gente, hay que tratar de comprenderla. Hay que realizar el esfuerzo por descubrir por qué hacen lo que hacen y dicen lo que dicen. Eso es mucho más provechoso que la crítica, y de ahí surgen la tolerancia y el entendimiento. En lugar de ocuparte de reprochar algo a alguien, intenta indagar en las causas que producen las opiniones y los comportamientos de la otra persona.

  1. No hay nada más halagador para otra persona que saber escucharla con atención exclusiva donde el silencio es activo.

El anhelo más profundo del ser humano es sentirse querido, importante, reconocido. Y saber escuchar con atención cumple esa función. Si eres un buen oyente, tienes mucho ganado en el mundo de las relaciones personales. Todas las personas cordiales, que caen bien, han hecho de escuchar un arte. El mejor conversador es siempre el que sabe escuchar mejor. Carnegie dice: «Mostrar un interés genuino en los demás escuchándoles con atención no sólo le reportará amigos, sino que también puede crear lealtad a la compañía por parte de los clientes».

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