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Educar, la dicotomía entre la escuela y el hogar… Por Aldo Emmanuel López de la O

Mi ignorancia es tan abrumadora, que únicamente puedo aportar mis ideas respecto al tema de la formación para la convivencia y el papel que la escuela y la familia juegan en esta, de antemano mi más sinceras disculpas, anhelando aportar más destellos que sombras…

Preguntarnos si educar es una tarea específica de la escuela o del hogar, nos parece que sugiere una visión superflua de la educación de hoy en día, en principio oponer dos instituciones sociales es un claro acto de ruptura, y la salida fácil tanto para instituciones educativas y sus agentes, como para la familia en su papel de institución social primaria, no podemos comprender la formación ciudadana, desarticulando los objetivos de estas dos instituciones principales del tejido social, dicha ruptura  regularmente aparece entre los dimes y diretes del proceso discursivo de lo educativo, en ese tenor, los maestros son las figuras antagónicas de la educación para gran parte de la opinión pública, y desde la visión de gran parte de los docentes (al mirarse avasallados ante la crítica social) lo es exclusivamente de las familias, a través del presente artículo, intentaremos clarificar el origen de esta ruptura y emitir conclusiones respecto de nuestro posicionamiento ante tal dicotomía.

En principio, educación, es comprendida por un sector poblacional únicamente como “los contenidos conceptuales que los niños deben aprender en la escuela (matemáticas, lectoescritura, historia…)”, por otros tantos, como “el respeto de normas y reglas, así como de los derechos del otro, que los estudiantes deben aprender”, otros inclusive piensan que “la obediencia al maestro y la acrítica aceptación a las ordenanzas de los mayores” es prerrogativa de la escuela, donde el correctivo necesario habrá de ser el castigo corporal, ideas presentes en el México de hoy por hoy, sin embargo, la dicotomía que se presenta entre hogar y escuela respecto de lo educativo, está referida específicamente al tema de la formación para la convivencia.

El cuestionamiento del que partimos emerge de la fluctuación en la dinámica de lo que tradicionalmente se reconocía como familia nuclear (madre, padre e hijos), y la función social de la escuela, la sociedad no ha terminado de transformarse y desde luego, el modelo clásico de familia, el concepto de educar y con ello la función social que de la escuela se demanda.

Históricamente, las escuelas se han constituido como la institución hegemónica del aprendizaje, por ello, los contenidos de enseñanza responden directamente a los requerimientos sociales, de acuerdo a criterios sincrónicos y contextuales, es decir, tal como lo señala Dorothy Tanck, Las niñas, desde la época de los nahuas, eran dedicadas a trabajos vinculados con el hogar: tejido, costura, cocina, etc, situación que permaneció hasta muy entrado el siglo xx, donde encontramos que muchas escuelas para mujeres de la posrevolución estaban, por ejemplo, destinadas a formar “amas de casa”, por otra parte, Escalante indica que durante el virreinato se establecieron escuelas de artes y oficios y desde la metrópoli fueron traídos artesanos especializados para enseñar diversos oficios, en pos del desarrollo económico de la época. Así podemos clarificar la idea de que la función de la escuela siempre ha estado subordinada a los requerimientos sociales, esta tendencia continua, no obstante, lo que se pide de la escuela ha cambiado a la par que la sociedad misma.

De acuerdo con el informe Delors (1996), “la educación encierra un tesoro” existen 4 “pilares” de la educación, entre los que figuran el aprender a conocer, el aprender a ser, el aprender a hacer y aprender a vivir juntos. Ello implica que los sujetos de la educación han de aprender (a través de esta y de las instituciones que la imparten), a ser ciudadanos preparados para la vida social, que respeten y actúen de acuerdo con los marcos jurídicos, con capacidades para crear, aprender permanentemente, mantener actitudes críticas ante la realidad, de incorporarse a entornos productivos, y lograr el fomento y transmisión del capital cultural que poseen. Esto es la demanda social que desde el plano político se demanda de las escuelas, es decir, la escuela de hoy en día desde las organizaciones internacionales (UNESCO) debe facilitar a los alumnos el cúmulo de conocimientos, habilidades, aptitudes y valores que les permitan resolver problemas en pos del desarrollo de la sociedad, la función social de la escuela ha rebasado pues, el ámbito de facilitadora de información, y es tal la importancia que la escuela retoma con esta perspectiva que parece que el centro de la formación de los ciudadanos recae específicamente en la escuela.

No obstante, la transformación en las estructuras tradicionales de la familia nuclear, han configurado nuevas distribuciones con requerimientos distintos, las familias monoparentales requieren (necesariamente), que las escuelas cumplan con la función de guarda de los niños (Santos Guerra, 2002), pues garantizar el sostenimiento económico de las familias monoparentales demanda al jefe de familia, cubrir amplias jornadas laborales, aún más para las mujeres quienes históricamente se han visto desfavorecidas en la apertura y remuneración equitativa de su trabajo por discriminación de género. En la necesidad de cubrir un mayor número de horas laborales, las familias monoparentales y donde ambos jefes de familia trabajan, requieren de espacios donde sus hijos se encuentren “seguros” y “atendidos”, y tal parece que la escuela es el sitio ideal para ello, y no es casualidad que una de las propuestas que se han volcado en los últimos años como “mejoras de la educación” son las escuelas de jornada ampliada o “tiempo completo”, ello desemboca otros problemas educativos que abordaremos en entradas posteriores de este blog.

Por otra parte, la curricula de los planes de estudio de la educación básica proponen un entendimiento de lo “valoral” desde un enfoque teórico, es decir, la convivencia se presenta como una serie de contenidos conceptuales a analizar desde lo abstracto, basta hacer una breve revisión a los planes de estudio de cursos asociados a la formación cívica y ética, sin embargo, la naturaleza axiológica de la convivencia demanda espacios de experiencias específicas donde los alumnos puedan aprender a convivir. El problema central surge en que los valores de la escuela como institución convergen con los del docente, y se encuentran con la variación de 40 familias que priorizan distintos valores en su esquema ético-moral de convivencia, este choque de fuerzas se traduce en ocaciones en la contraposición de actitudes frente a problemas éticos y morales de la convivencia de los alumnos, y por obviedad, el docente como profesional de la enseñanza y no de la axiología se encuentra simplemente rebazado por la situación, de tal modo que se requerirían grupos de al menos 20 especialistas en temas axiológicos por grupo para que la atención sea efectiva y con ello, conferir el tema de la formación valorar al espacio de la escuela.

De lo anterior podemos ubicar los siguientes problemas concretos:

  • Algunas familias no poseen la suficiente cantidad de tiempo para convivir incluyentemente.
  • Las escuelas no poseen la estructura orgánica ni curricular para cumplir efectivamente con la función de la educación para la convivencia en las escuelas

El punto de inflexión aquí presentado es un esfuerzo por denotar que no existe tal ruptura, pues tanto por los campos de formación que integran el plan de estudios de educación básica como por los principios filosóficos de la educación del siglo XXI, la escuela tiene el compromiso de formar ciudadanos que además de aprender contenidos conceptuales y procedimentales, se apropien de los contenidos actitudinales que les permitan convivir de manera sana y armónica con otros, respetando los derechos humanos y asumiendo los compromisos y consecuencias que de sus actos emanan desde cualquier nivel educativo, esto soportado por una formación fortificada desde el espacio familiar, es decir, ni la escuela está únicamente para “inculcar conocimientos” ni es obligación de esta ser el titular y único actor en el proceso formativo de los aprendizajes para la convivencia de los alumnos, en suma, el deterioro educativo no tendrá freno hasta que ambas instituciones sociales comprendan el rol que juegan en la formación de estudiantes integrales, con actitudes proactivas hacia la ciudadanización de ellos mismos, y la aspiración de una sana convivencia social.

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