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Por Gabriel Boragina.

Conscientes de que entramos a tratar un tema donde lo predominante son los juicios de valor no esperamos abrir una polémica respecto del mismo sino tan solo fijar nuestra posición en cuanto precisamente dicho juicio de valor implica.

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Un poco de praxeología.

Presupuesto de toda acción, decía el buen profesor Mises, es pasar de un estado menos satisfactorio a otro de mayor satisfacción. Precisamente por eso el individuo actúa. Caso contrario se sumiría en la inercia de la inacción (1)

El egoísmo es inherente al ser humano, consubstancial con él y motor de su vida. No hay propiamente un egoísmo bueno y uno malo. Egoísmo bueno y egoísmo malo son juicios de valor, categorías sobre las que puede haber o no acuerdo. El egoísmo, es, simplemente es.

Al nacer somos naturalmente egoístas. Y aunque luego lo seguiremos siendo durante toda nuestra vida, (porque para vivir es necesario e imprescindible ser egoísta) una de las funciones de la educación es acostumbrarnos a la idea de que existen otros además de nosotros y que necesitamos de esos otros tanto como esos otros necesitan de nosotros. Se nos enseña pues a negociar nuestro egoísmo. Pero a muchos nos engañan presentándonos como virtud al opuesto del egoísmo: el altruismo.

Esta conclusión es la que sacan muchos después de transcurridos los años escolares. Pero en realidad la intención de nuestros maestros no era la encausarnos a conducir nuestro egoísmo por la buena senda. La verdadera intención de nuestros maestras era la de matar nuestro egoísmo, sofocarlo bajos las garras de lo que se llama altruismo (2)

El plan educativo social es que no nos demos cuenta por el resto de nuestra vida que somos esencialmente egoístas. La gran mayoría de las veces este plan educativo tiene éxito, pero un éxito nefasto. ¿en qué consiste ese éxito?. En que interiormente nos reconocemos egoístas y justificamos nuestro egoísmo, pero en cambio no justificamos el egoísmo ajeno y se lo reprochamos a los demás y condenamos el egoísmo en los otros y los criticamos por no ser altruistas. Esta es la victoria “a lo Pirro” de la educación socialista en la que hemos sido formados.

El egoísmo es normalmente visto como aquella actitud por la cual solo me importa de mi y nada me interesa lo que pueda pasarle a mi prójimo.

Pero a los fines de aclarar confusiones muy comunes en los debates podemos ensayar algunas clasificaciones que puede llegar a ilustrar la función social que tiene el egoísmo en una sociedad capitalista, liberal, sociedad abierta, libreempresista, librecambista, etc. Nos hemos educado en una sociedad que condena el egoísmo, desde la moral y desde la religión. Muchas cosas se entienden por egoísmo pero la más popular es la concepción peyorativa del término. Se puede decir que la noción popular de egoísmo es aquella que dice que ser egoísta es pensar, sentir y actuar solamente en uno y para uno, pero esta es una faceta del egoísmo. La mayor parte del tiempo pensamos en nosotros mismos. Eso es egoísmo, es verdad. Pero no siempre ni todo el tiempo. Pensamos a menudo en los demás y los demás son, primero nuestros seres queridos, parientes, familiares, amigos, etc. Y así, podemos inclusive interesarnos en la sociedad entera. En este caso la sociedad formará parte de nuestro egoísmo. Cuando ofrecemos la vida por un amigo, un pariente, familiar, esposa, novio, novia, esposo, hijo, hija, somos egoístas. Realizamos un acto egoísta porque como bien explican los autores de la Escuela Austríaca de Economía está en nuestro interés que la vida de nuestro prójimo continúe en lugar de la nuestra. Desde esta perspectiva los actos que acostumbramos a denominar altruistas son en realidad y en última instancia egoístas.

En el capitalismo, (liberalismo, sociedad abierta, libreempresismo, librecambismo, etc.) el egoísmo cumple una función social, que no la cumple en el intervencionismo, socialismo, socialdemocracia, anarquismo, comunismo, totalitarismo, dirigismo, autoritarismo, colectivismo, nazismo, fascismo, etc. Como bien explicaba Adam Smith, a través de los actos egoístas, el individuo mejora su posición y con ella la posición de los demás. El vendedor debe satisfacer al comprador si quiere progresar y ganar dinero. Para satisfacer su egoísmo debe satisfacer el egoísmo del otro. En el capitalismo, nadie puede prosperar si no se satisfacen mutuamente los egoísmos propios y ajenos de todos los que intervienen en la sociedad. Si el comerciante vende pescado podrido se queda sin clientes, baja sus ventas y al poco tiempo quiebra si persiste caprichosamente en su actitud. Ayn Rand (2) diría que en tal caso el vendedor no actuó egoístamente, porque para Rand la conducta egoísta necesariamente debe perseguir el bien del sujeto actuante. No sé si es tan así, de lo cual tengo mis serias dudas, pero de cualquier manera es bueno saberlo.

La realidad indica claramente que el egoísmo construye y construyó la sociedad occidental moderna que hoy tenemos y que corre peligro de extinción si las ideas intervencionistas, socialistas, socialdemócratas, anarquistas, comunistas, totalitarias, dirigistas, autoritarias, colectivistas, nazis, fascistas, etc. avanzan y se consolidan.

Podemos hablar que en el capitalismo hay un egoísmo social que apoyado en la propiedad privada de los medios de producción mejora la condición de los que menos tienen.

Cuando entrego limosna al pordiosero que duerme en la puerta de la iglesia estoy actuando egoístamente: la satisfacción de él llena mi ego y produce mi propia satisfacción. También procedo egoístamente cuando ataco a alguien en defensa propia, por venganza, etc. Toda acción es egoísta.

Es un error oponer el amor al egoísmo. El opuesto del amor es el odio y no el egoísmo. De lo contrario se podía jugar a que cualquier cosa es opuesto de cualquier cosa y de esta manera el lenguaje y el entendimiento entre personas se convertiría en algo verdaderamente incomprensible. De allí que resulta importante fijar nuestra posición a fin de no dejar lugar a equívocos.

Se dice que amar es dar sin recibir nada a cambio. Esto, desde mi humilde punto de vista, es esencialmente incorrecto.

Cuando amo espero recibir algo a cambio ¿Qué? Se pregunta escandalizada la gente ¿qué espero recibir a cambio? Espero recibir a cambio la satisfacción de experimentar ese sentimiento maravilloso y tan gratificante que es el hecho de poder dar. Eso es lo que espero recibir a cambio. Si amar me produjera indiferencia, si me diera igual, si me diera lo mismo, ni me molestaría en amar, ya que con ello no experimento sensación alguna de bienestar sino pura indiferencia.

Ni que decir si amar me produjera malestar. Pero aun así si busco ese malestar, si soy masoquista sigo siendo egoísta, ya que el producto del masoquismo es precisamente mi placer. Es lo que me hace estar mejor.

Lo propio cabe decir en relación al odio. Si odio, es porque prefiero ese odio al amor. Pero lo que importa destacar aquí es que “siempre prefiero”. Es sobre ese “siempre prefiero” que aplico el término egoísmo. Odiar, amar, indiferencia, etc., son simples efectos de la causa principal que es el egoísmo. Sé que esto resulta difícil de visualizar a causa del lavado de cerebro que hemos sufrido a lo largo de largos años de educación donde se nos ha acostumbrado a tratar la palabra egoísmo como el mal más despreciable. Nunca se nos acostumbró a la idea de que el egoísmo es inherente a la naturaleza humana, y de que es una palabra vacía si no le damos un contendido. Dicho contenido puede ser odio, amor, masoquismo, simpatía, indiferencia, etc. Pero con estas palabras llenamos el egoísmo como actitud inherente al hombre. Es el egoísmo lo que hace al hombre alimentarse, vestirse, trabajar, dar dinero a obras de caridad, ir a misa, estudiar, amar, casarse y tener hijos, criarlos, alimentarlos y educarlos.

También es egoísmo es el que hace al hombre combatir en guerras, tener ansia de poder, engañar, matar, odiar, etc.

Entre decidir, opción, egoísmo, poder, etc., no existe diferencia alguna. Toda diferencia reside en qué uso le demos a ese egoísmo. Como la energía atómica, no tiene en sí nada de bueno o de malo. Todo reside si vamos a utilizar esa energía atómica para construir aparatos médicos o para construir bombas atómicas. La misma energía puede ser aplicada a fines benéficos como a fines diabólicos. Y ello reside simplemente en los valores que el hombre tenga. Y dichos valores vienen dados por la educación, con lo que venimos a desembocar en el verdadero problema de fondo: el educativo. El egoísmo no es ni bueno ni malo, simplemente es. Lo que debemos hacer es educar a nuestros hijos en el buen empleo de ese egoísmo. En que ese egoísmo sea empleado para hacer todo el bien que sea posible. En que ese egoísmo sea empleado para amar al prójimo, ayudarlo, y para amarnos a nosotros mismos. Ese egoísmo debe ser empleado para hacer realidad aquel célebre mandamiento de “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Adviértase que el mandamiento no dice “Ama a tu prójimo MAS que a ti mismo”. No. Nos ordena amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos. De la misma manera que nos amamos a nosotros mismos. De manera tal que el mandamiento presupone que todo individuo se ama primero a si mismo. Entonces el mandamiento es claro cuando dice “Ama a tu prójimo COMO a ti mismo”, de la misma manera, ni más ni menos. El mandamiento, en una palabra, reconoce el egoísmo como algo inherente, esencial y consustancial al ser humano. No lo niega ni lo rechaza. No abomina de él. No emite juicio de valor sobre el egoísmo. Simplemente lo reconoce como una realidad, como un dato. No se puede trabajar sobre el dato, pero si se puede trabajar sobre el contenido de ese dato. De manera tal que la tarea educativa será trabajar sobre el contenido de ese dato y dotar al egoísmo de fines nobles y propósitos altruistas.

Por eso también me parece vana la distinción que hace Ayn Rand entre egoísmo y altruismo. Y de allí que digo que el egoísmo puede ser altruista, pero no cabe hablar en cambio de un egoísmo egoísta porque con eso no estamos diciendo en rigor nada. Por ello, que fácil resulte concluir para nosotros que no existe en realidad enfrentamiento y contradicción entre el egoísmo y el altruismo, aun siendo consciente que con ello me generaré la crítica de muchos objetivistas fanáticos. A ellos mi disculpas (conozco a muchos personalmente) pero no puedo estar de acuerdo con el objetivismo en esa contraposición que hace entre el egoísmo y el altruismo. Dar la vida por otro es tan egoísta como matar a otro.

La misma Rand incurre en contradicción en su obra cumbre “La Rebelión de Atlas” cuando cita el diálogo entre Dagny y John Galt, donde Galt dice que si algo le hicieran a Dagny él se mataría, no por altruismo hacia Dagny, sino por egoísmo. El altruista no cambia un valor mayor por un valor menor como dice Branden. Lo que hace es un desplazamiento en su escala de valores. El error de los objetivistas es que los valores no pueden ser fijados objetivamente. Se necesitaría una mente omnisciente para ello. Ello es inaceptable en el terreno de lo humano. La escala de valores de las personas siempre es, valga la redundancia, personal, individual. Me parece un acto de la mayor arrogancia que, ya sean Ayn Rand, Nathaniel Branden o Gabriel Boragina establezcan de antemano cuáles valores son más importantes que otros para los demás. Eso puede ser válido para nosotros, pero para nadie más que nosotros. De allí que para mi no haya valores objetivos y de la misma manera resulta también imposible que un individuo sacrifique valores de mayor jerarquía por valores de menor jerarquía, para lo cual se necesitaría una mente omnisciente que estableciera para el orden humano en general primero, qué son valores, y segundo cuándo un valor tiene mayor jerarquía que otro valor. Muchos lideres totalitarios pretendieron hacerlo, encontrándose entre los más famosos y renombrados, Napoleón, Hitler, Stalin, Lenin, etc. y peor aun muchos intelectuales, que poco conocidos popularmente influyeron en forma no menos nociva en las mentes de las muchedumbres (Marx, Hegel, Keynes, Gramsci, Kelsen, etc.). Ello sería contrario a la praxeología y estaría desmintiendo el aserto praxoelógico.

De lo dicho surge que resulta vano espantarse y rasgarse las vestiduras ante la mención de la palabra egoísmo como el peor de todos los males. Que los filósofos revisen sus propios juicios de valor pero que no pretendan imponernos sus juicios de valor como dogmas absolutos e irrefutables. Esa es nuestra intención al redactar estas líneas.

Bibliografía:

Ludwig von MISES. La Acción Humana. Tratado de Economía. Tercera edición revisada. Unión Editorial S.A., Madrid, 1980.

Ayn RAND; “La virtud del egoísmo”; fundamentos del “objetivismo”. La filosofía de la razón. Con artículos adicionales de Nathaniel Branden. Biblioteca del objetivismo.

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