Rafael
“Un modelo de escuela para atender las necesidades de todos y todas”
Rafael López Azuaga

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Nuestra sociedad ha evolucionado nuestra manera de valorar a aquellas personas que tienen más dificultades. Desde crear centros específicos con el objetivo de escolarizar y educar en ellos a las personas que tenían diversas discapacidades (ceguera, sordera, física, etc.), pasamos a plantear un modelo en el que las personas con dichas discapacidades debieran ser escolarizadas en centros educativos ordinarios. Este modelo se conoce como el de “integración escolar”, y aunque las intenciones fueron buenas, el alumnado siguió segregado. ¿Por qué? La supuesta “integración” que se hizo solamente fue espacial, ya que el alumnado con discapacidad seguía separado del resto de alumnos y alumnas, aunque estudiasen en el mismo edificio. Luego se pasó a que estuviesen escolarizados en una misma aula ordinaria todos juntos, pero en múltiples ocasiones este alumnado debía abandonar su aula para recibir un apoyo individualizado en otra aula más específica. Este último modelo es el que aún predomina en la mayoría de los colegios españoles siguiendo el sistema educativo que tenemos aún vigente.

La UNESCO, en la Declaración de Salamanca de Necesidades Educativas Especiales en 1994, dio luz al concepto de “inclusión”. Cuando aplicamos este concepto al ámbito educativo, nos referimos a diseñar una escuela que permita atender a todas las personas, que parta de las diferentes necesidades, intereses, ritmos, motivaciones y estilos de aprendizaje de todo el alumnado. Todas las personas conviven en la misma aula y participan en su educación y en la propia gestión de su centro educativo. Se debe conseguir una educación en igualdad de oportunidades que permita que todo el alumnado desarrolle lo máximo posible sus competencias básicas, con vistas a que puedan satisfacer sus metas personales. No se trata de que todos alcancen llegar al mismo nivel, sino que cada alumno o alumna, partiendo de sus niveles iniciales, pueda progresar en todas sus competencias gracias a las metodologías de enseñanza-aprendizaje que se lleven a cabo. Partimos de la idea de que la diversidad nos enriquece, y que ésta nunca debe ser vista como un “problema”, sino como un “valor”. Todos podemos aprender de todos y todas, y tenemos voz en todo proceso educativo. De forma resumida, podemos resumir algunos de los principios básicos más fundamentales de la escuela inclusiva y algunas estrategias metodológicas:

  1. Participación de todos los agentes educativos: No solamente el profesorado, incluyendo el equipo directivo, se ocupa de organizar y gestionar el centro educativo. El alumnado, las familias, el personal de administración y servicios, voluntarios, personal de entidades sin ánimo de lucro (asociaciones, ONG, fundaciones, etc.), etc., tienen voz a la hora de proponer ideas y participar en la gestión del centro educativo en todos sus niveles: curricular, recursos, proyectos educativos, administración, etc. Se pueden establecer “comunidades de aprendizaje” donde se formen comisiones formadas por miembros de toda la comunidad educativa que se ocupen de gestionar diferentes ámbitos del centro educativo y contrastar en común todos los avances. La intención es crear el centro educativo de sus “sueños”.
  1. Metodologías de enseñanza-aprendizaje basadas en el aprendizaje cooperativo: En una misma aula ordinaria conviven personas con diferentes necesidades y potencialidades: Alumnado con discapacidad (motora, visual, auditiva, intelectual o cognitiva), alumnado con altas capacidades intelectuales (superdotados), alumnado inmigrante, alumnado que falta continuamente a clase por tener una enfermedad crónica, alumnado que presenta dificultades específicas de aprendizaje (dislexia, discalculia…), alumnado con trastornos graves de conducta (por ejemplo, el TDAH), alumnado desmotivado, etc. Ninguno es sacado el aula para recibir apoyo educativo, porque los apoyos los recibe dentro del aula. Todos participan en la realización de las mismas tareas y trabajan los mismos contenidos, pero cada uno es evaluado a partir de sus niveles iniciales. Gracias al planteamiento de dinámicas donde el alumnado deba trabajar en grupo, todos y todas pueden aprender gracias a las aportaciones de todo, tanto conocimientos y habilidades, como valores que surjan gracias a la interacción continuada entre las personas. Por ejemplo, un joven con Síndrome de Down puede entender los contenidos gracias a que un compañero se los explica, el cual logra afianzar esos aprendizajes y aprender a ayudar a los demás, desarrollando valores como el respeto y la empatía. Y el joven con Síndrome de Down puede proponer alguna idea que otras personas no habían caído en ella. Los especialistas se encuentran dentro del aula apoyando a todo el alumnado (logopedas escolares, maestros de pedagogía terapéutica, monitores, auxiliares técnicos, voluntarios, estudiantes en prácticas, etc.), junto con el profesorado. Existen muchas metodologías que pueden aplicarse en el aula, como el trabajo por proyectos, el aprendizaje basado en problemas o, ahora cada vez más difundido, el “aprendizaje y servicio”. Consiste en una metodología de enseñanza-aprendizaje donde los grupos de trabajo deciden desarrollar un proyecto donde apliquen los conocimientos adquiridos, y ese proyecto lo llevan a la práctica en un contexto real. Es decir, realizan un servicio a la comunidad, y para realizar ese servicio, han tenido que consultar bibliografía, consultar a expertos, preparar recursos, contrastar puntos de vista, tomar decisiones, evaluarse a sí mismos…Por lo tanto, aprenden gracias a que han tenido un contacto con una experiencia práctica. Por ejemplo, unos estudiantes de Educación Secundaria pueden organizar un teatro de títeres para unos niños de Educación Infantil, y con ello han trabajado las áreas de lengua, de educación plástica e incluso educación física. En relación a las ya mencionadas comunidades de aprendizaje, existen dinámicas de trabajo como los grupos interactivos, las tertulias literarias, las aulas de informática tutorizadas, etc., donde se forman grupos de trabajo asesorados por personas adultas (incluyendo familias y voluntarios), que a través del diálogo realizan una actividad determinada (el “aprendizaje dialógico”).
  1. Se utilizan recursos didácticos y materiales que puedan ser percibidos a través de diferentes modalidades sensoriales y estilos de aprendizaje: Cada alumno tenemos un estilo de aprendizaje diferente. Quiere decir que hay alumnos que aprenden mejor cuando leen un texto que cuando es una persona el que se lo cuenta de forma oral, u otros que aprenden mejor cuando manipulan materiales y recursos (por ejemplo, un experimento en un laboratorio científico), y otros que aprenden mejor si están realizando gestos y movimientos. También esto se aplica a las personas que tienen diferentes discapacidades (una persona ciega no puede leer un recurso a menos que esté redactado en lenguaje Braille o se aproveche al máximo las restantes modalidades sensoriales, como el audio y el tacto). Lo mismo si tenemos alumnos extranjeros que aún no dominan nuestro idioma. ¿Cómo logramos que todos estos alumnos, y otros casos, puedan aprovechar los recursos que utilicemos en el aula y podamos establecer una comunicación con ellos? Pues debemos analizar todas estas necesidades y preparar recursos que puedan ser captado por diferentes modalidades sensoriales o recursos alternativos con la misma finalidad. Por ejemplo, podemos escribir un texto en castellano, y otro donde se escriba utilizando pictogramas (lo que se conoce como “adaptación iconográfica”) para aquellos estudiantes que tengan dificultades para acceder a la comunicación, como niños con el trastorno espectro autista (TEA), alumnos extranjeros o incluso personas con déficit auditivo que tengan dificultades de comprensión del lenguaje. Todo esto que hemos descrito se encuentran dentro de los principios del “Diseño universal de aprendizaje”. También se aplica a la hora de que el alumnado pueda expresar sus aprendizajes y ser evaluado de diferentes maneras alternativas (pruebas escritas, exposición oral, trabajos manuales, murales con mapas conceptuales, obras de teatro, etc), y sea motivado de diferentes formas posibles.

Para implantar este modelo de escuela, es necesaria la implicación total de toda la comunidad educativa, un liderazgo distribuido y la constante formación de todos y todas. Es importante siempre reunirse para evaluar qué tipo de centro educativo queremos y en qué aspectos necesitamos formarnos para saber crear el centro educativo que deseemos. La formación permanente del profesorado es fundamental aquí. Y para conocer si nuestro centro educativo cumple las características para ser inclusivo, o al menos en qué aspectos vamos bien encaminados y en cuáles debemos mejorar, existen instrumentos de evaluación como el popular “Índice de Inclusión” (Index for Inclusion), diseñado por los investigadores Mel Ainscow y Tony Booth en 2001, de los cuales han surgido muchas versiones, adaptaciones u otros modelos basados en dicho instrumento.

 

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