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Por: Aldo Emmanuel López de la O

Contenido

 

Introducción

Hablar de este tema demanda realizar precisiones teóricas para comprender la dirección en que habremos de construir intervenciones pedagógicas (como docentes), aspiraciones de formación (como estudiantes), y compromisos de transformación cultural (como tutores y miembros de la sociedad), es por ello que iniciaremos este articulo hablando sobre la “escuela de calidad”.

Hablar de calidad sugiere a la mente de quien escucha el término, una etiqueta que garantiza la eficiencia en el funcionamiento o aprovechamiento de un producto y/o servicio, su durabilidad y su eficacia para cumplir el objetivo deseado, y la educación en sentido estricto, es un servicio. La naturaleza de la escuela como servicio es la formación, y el producto los estudiantes con los aprendizajes que se esperan para cumplir el perfil de egreso, la eficiencia traducida en los contenidos que el alumno aprende es decir, el currículum, los métodos y procedimientos para lograrlos, la didáctica.

Aún cuando equiparar la concepción de la escuela desde esta óptica podría serme criticada argumentando el reduccionismo de la función social de la escuela, es claro que los conceptos de calidad nos conducen al ámbito utilitario y funcionalista de la escuela como institución social. No obstante, comprender a la escuela desde esta óptica, implica también entenderla como una industria cultural que se nutre de las relaciones interpersonales y los valores ético-morales que los agentes que intervienen en la organización poseen (Fierro, 1999), adquiriendo un carácter como estructura, estructurante, estructurada (Bordiu, 1998) que produce y reproduce patrones culturales a través de símbolos culturales, ritos, los procesos normativizados y la convivencia diaria, que hacen de los agentes que participan en el entramado educativo sean actores conscientes e inconscientes del proceso de asimilación de estos símbolos culturales,  que forman y transforman su cultura integrando nuevos esquemas de comportamiento.

Lo anterior no implica una postura de sistema cerrado (bertalanffy, 1986), en el que la escuela únicamente reproduce la cultura, sino pretende aclarar que como sistema abierto, la influencia social y cultural de la que es objeto la escuela, es uno de los motores para su funcionamiento.

Cuando hablamos de calidad educativa, Latapí (1996) propone que la calidad es la concurrencia de los cuatro criterios que debieran normar el desarrollo educativo: eficacia, eficiencia, relevancia y equidad, como paradig­ma de macroplaneación. En el plano micro, la calidad arranca en la interacción personal maestro-alumno; en la actitud de éste ante el aprendizaje. Al respecto se consideran dos aspectos: la gestión escolar y la gestión pedagógica, como elementos interrelacionados, como anteriormente afirmábamos, la calidad ha de permear las dimensiones de lo educativo, donde el plano de la interacción Docente-alumno, propone el núcleo del proceso educativo del servicio que presta la escuela, ante esto es importante plantear algunos criterios importantes:

  1. Plan de estudios, programa de cursos y perfil de egreso del nivel educativo;
  2. los valores de la comunidad;
  3. identidad profesional y ética del docente.

Otra aproximación teórica orientada a la tarea educativa es la que propone Sylvia Schmelkes (1995) quien plantea que la calidad educativa debe entenderse como la capacidad de proporcionar a los alumnos el dominio de los códigos culturales básicos, las capacidades para la participación demo­crática, el desarrollo de la capacidad para resolver problemas y seguir aprendiendo, y el desarrollo de valores y actitudes acordes con una sociedad que prevea una mejor calidad de vida para sus habitantes. Esta conceptualización sitúa como centro de la calidad edu­cativa al aprendizaje de los alumnos y la formación de ciudadanos ante el desarrollo de la sociedad.

De lo anterior, podemos establecer las siguientes conclusiones respecto del término calidad educativa:

  1. la escuela debe garantizar los aprendizajes de los alumnos;
  2. los valores de la sociedad, para la participación democrática, y la calidad de vida de las personas son esenciales para el proceso educativo;
  3. la equidad es factor fundamental para el desarrollo del proceso educativo
  4. los contenidos del currículum demandan la posibilidad de lograr los puntos anteriores
  5. los valores de la comunidad, tutores, padres y madres de familia, los estudiantes así como de los maestros son pieza fundamental en el proceso educativo.

Así, la escuela es un espacio de aprendizaje que permite a los estudiantes internalizar códigos culturales, de comportamiento, contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales, de potenciamiento físico e intelectual que les permitan vivir en sociedad en el marco de la promoción de los valores para el mejoramiento de la calidad de vida de la sociedad actual, y su mejoramiento y desarrollo para la sociedad futura.

Sexualidad

El tema de la diversidad sexual en México, es relativamente nueva en términos de su aceptación, e inclusión a la dinámica de las instituciones, ejemplo de esto es el reconocimiento social y jurídico del matrimonio de ciudadanos homosexuales, así como la adopción de infantes por parte de parejas del mismo género, aspecto hasta hace una década impensable en la sociedad de nuestro país.

Esta transformación en los patrones culturales de la sociedad implican coyunturas específicas en temas como las estructuras tradicionales de la familia, el replanteamiento y abatimiento de figuras arquetípicas de dominación como el machismo, y los mecanismos de resistencia a estos cambios culturales que propenden al respeto de los derechos del otro por parte de las instituciones, y las personas que no concuerdan con estas perspectivas.

Para hablar de la diversidad sexual en la escuela es necesario aclarar los conceptos Sexualidad, sexo y Género para, posteriormente, realizar una aproximación sobre la inclusión educativa en el campo de la sexualidad.

¿Qué entender por sexualidad?

Según el MEN (2006b: 31-33) la sexualidad puede concebirse como una construcción social simbólica, hecha a partir de una realidad propia de las personas: seres sexuados en una sociedad determinada. Como tal, es una dimensión constitutiva del ser humano: biológica, psicológica, cultural, his­tórica y ética, que compromete sus aspectos emocionales, comportamentales, cognitivos y comunicativos tanto para su desarrollo en el plano individual como en el social. Este último aspecto subraya también el carácter relacional de la sexualidad como algo que es, a la vez, personalizador y humanizante, pues reconoce la importancia que tiene para el ser humano establecer relaciones con otros en diferentes grados de intimidad psicológica y física.

Para facilitar la comprensión y el estudio de esta construcción simbólica, es posible identifi­car sus elementos estructurales

Componente biológico: Sexo.

Componente Psicológico: Identidad de Género.

Componente Afectivo: Orientación sexual.

A continuación realizaremos algunas precisiones sobre los componentes de la sexualidad que nos permitirán tener mayor claridad en la relación Sexual

Componente biológico: Sexo.

El sexo es una distinción basada en regularidades de correspondencia en los cuerpos humanos (femeninos y masculinos respectivamente) entre tres componentes del mismo:

  1. el sexo cro­mosómico o genético (alelos XX o XY)
  2. el sexo hormonal (carga diferenciada de hormonas fe­meninas y masculinas en todas las personas)
  3. el sexo anatómico (pene o vulva al momento del nacimiento, y desarrollo de los caracteres sexuales secundarios a partir de la pubertad).

Estos tres componentes proponen parámetros sociales construidos históricamente para los procesos de crianza, los contenidos de la educación, los modelos de comportamiento e interacción social, indumentaria, erotismo y reproducción.

Componente Psicológico: Identidad de Género.

Desde mediados de los años 70, la definición que más se ha conservado es con­siderar el género como la construcción cultural de la diferencia sexual, en relación con los discursos sobre las feminidades y las masculinidades que se van introyectando mediante expresiones y prácticas cotidia­nas, sistemáticas y reiteradas en los espacios de crianza, socialización e interacción social que constituyen el concepto de mujer y hombre.

La forma en la que se definen los modos apropiados de ser hombre o mujer obedece a una historicidad: están determina­dos por un aquí y un ahora, se construye en marcos espacio-temporales concretos. Aunque el contenido específico de las diferencias entre los géneros es dinámico de acuerdo con dicha historicidad, se debe reconocer que una cons­tante histórica muy fuerte es el conjunto de las expectativas de todas las sociedades para que todas las hembras se conviertan en mujeres y los machos en hombres, y unas y otros no de cualquier modo, sino en consonancia con unos tipos regulados específicos.

Sin embargo, aquí se tensiona el pensamiento dicotómico, cuan­do se reconoce la existencia en todos los tiempos y culturas (lo que varían son los modos culturales de aceptación o de rechazo) de machos que desarrollan una identidad de género femenina y de hembras que desarrollan una identidad de género masculina. Ello corresponde al transgenerismo. Las personas transgeneristas o transgénero son aquellas que desarrollan una identidad de género contraria a la que se les demanda socialmente en razón de su sexo biológico de pertenencia o que se en­cuentran en tránsito entre los géneros. Por esa razón, con frecuencia se autodenominan como transgeneristas de hombre a mujer o de mujer a hombre, según sea el caso. A menudo, las personas transgeneristas construyen una apa­riencia corporal y unas formas comunicativas correspondientes con el género construido (y no con el asignado), aunque éste no es su ele­mento definitorio, sino justamente su identidad de género como percepción psicológica de sí mismo o misma. Las personas transgeneristas pueden tener una orientación sexual hetero­sexual, homosexual o bisexual.

Se debe enfatizar que la identidad de género no corresponde nunca a un señalamiento por parte de otras personas, sino a una autoidentificación de cada sujeto.

Componente Afectivo: Orientación sexual.

El término orientación sexual, que aparece con bastante frecuencia puede leerse como circunscrito al ámbito puramente sexual, de la atracción, del erotismo del individuo, en ese sentido las denominaciones, heterosexual, homosexual, Lésbico, gay, transexual, bisexual, etc. Explicita las prácticas sexuales reproductivas y de disfrute por parte de las personas para relacionarse de manera afectiva con los otros, para formar parejas que se transformen en familias, mismas que reproduzcan los patrones culturales de valores éticos, intelectuales, morales y civiles que permitan desarrollar la sociedad en todos sus ámbitos.

Inclusión educativa

La inclusión implica que todos los niños de una determinada comunidad aprendan juntos independientemente de sus condiciones personales, sociales o culturales. Se trata de lograr una escuela en la que no existan “requisitos de entrada” ni mecanismos de selección o discriminación de ningún tipo; una escuela que modifique substancialmente su estructura, funcionamiento y propuesta pedagógica para dar respuesta a las necesidades educativas de todos y cada uno de los niños y niñas.

La educación inclusiva implica una visión diferente de la educación común basada en la heterogeneidad y no en la homogeneidad. sin embargo, al igual que ha ocurrido en la sociedad, las diferencias en el ámbito educativo se han obviado, lo que ha dado lugar a la creación de estructuras y propuestas educativas estáticas y normativas, en las que aspectos tan relevantes como la sexualidad y la diversidad de esta, han quedado soslayadas.

Una educación para la diversidad sexual habrá de abatir figuras institucionalizadas de reproducción de roles culturales de género, tales como las diferenciaciones de los colores con que están pintados espacios públicos como los módulos sanitarios de las escuelas (rosas y azules), actividades en que los profesores cargan sus concepciones culturales de género como la diferenciación deportiva de juegos “para hombres y para mujeres”, tareas escolares y familiares asociadas al género como el aseo de espacios o los procesos de tomas de decisiones.

La realización efectiva del derecho a la educación exige un proceso de interiorización y práctica efectiva, por parte de todos los miembros de la comunidad educativa, de principios fundamentales para la convivencia armónica, tales como la tolerancia, el respeto a la diversidad, el pluralismo y la igualdad en la diferencia.

El proceso educativo de ninguna manera puede incluir metodologías o prácticas que vulneren, desconozcan o transgredan los derechos fundamentales de los distintos actores que participan en el mismo (educandos, educadores, padres de familia, directivos etc.), y que de su realización efectiva depende la realización paralela de los demás derechos fundamentales del individuo. Sólo en la medida en que los valores y principios que aspiran a transmitir los educadores a sus alumnos constituyan realmente la base de sus propios e indivi­duales proyectos de vida, su labor será efectiva; sólo quien práctica la tolerancia, quien respeta la diversidad y reconoce en el “otro” a uno igual a sí mismo, tendrá capacidad y legitimi­dad para contribuir desde el proceso educativo a formar a los niños y a los jóvenes en un paradigma ético sustentado en dichos principios.

 

Materiales para proponer situaciones de aprendizaje relacionadas con la Diversidad Sexual

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http://www.educatolerancia.com/index.php?option=com_content&view=section&id=54&layout=blog&Itemid=63

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